EL ORIGEN DE LOS PASIEGOS
Museo Villas Pasiegas
Museo Villas Pasiegas
El origen de los pasiegos es un tema expuesto a debate desde hace siglos que contiene todo tipo de aportaciones a la especulación, ya que las pruebas documentales, hasta el día de hoy, resultan estériles. Nos encontramos con diversos autores defendiendo variadas hipótesis que bien reflejan lo interesante que resulta el estudio de esta particular cultura cántabra.

Por las cualidades de su carácter, autores del siglo XIX, han sostenido que los pasiegos no proceden de los cántabros, sino de extranjeros de origen árabe o judío, como Gregorio Lasaga Larreta quien afirma lo siguientes:

Yo digo que los pasiegos no proceden de los cántabros, sino que son familia semítica de la rama de Ismael, conservados sin mezclar en medio de sus montes por la poca tendencia que siempre hubo entre ellos y los habitantes de los valles a enlazarse, y están bien marcados el tipo jafético en los demás cántabros y el semítico en los pasiegos”.

Propone Lasaga Larreta, una serie de características similares entre las costumbres de los árabes y las de los pasiegos, habla del desconocimiento de la vida sedentaria entre ambos y de la gran sobriedad. Incluso encuentra semejanzas en prendas de vestir, habla del albornoz árabe comparándole con la caperuza pasiega, y el bordón del antiguo peregrino semejante al palancu pasiego.
A las ideas de este autor decimonónico, se suman las del historiador M. Escagedo Salmón, quien afirma en su obra Costumbres Pastoriles Cántabro-Montañesas, de 1921, que el primer asentamiento humano en estos montes fue de origen semítico, pero tal afirmación no sólo la sustenta con una similitud de costumbres entre ambas “razas”, sino que llega más lejos y sostiene que los primeros pasiegos fueron vasallos del Monasterio de San Salvador de Oña, del que dependían los territorios del Pas, unos siervos que en origen eran cautivos de los cristianos. Con ellos poblaron estas tierras hasta que, desde la condición de esclavos pasaron a ser colonos libres. Cabe decir que también intenta ratificar sus ideas hallando unas similitudes de carácter entre semitas y habitantes de Pas.

Estas presunciones sin base sobre el posible origen judío de los pasiegos y su carácter distintivo llevó, posteriormente, a que algunos historiadores de afición, como Atienza, y otros de prestigiosa formación, como Julio Caro Baroja o el propio Lasaga Larreta, incluyeran a los pasiegos entre los "pueblos malditos del norte", junto con los Vaqueiros de Alzada en Asturias, los Maragatos en León y los Agotes del Valle de Batzán, en Navarra. Esto parece un error, máxime cuando en las fuentes clásicas que hablan sobre los pueblos malditos, como son Lardizábal y Uribe en 1786, Michel en 1847 y de Rochas en 1876, no se mencionan para nada a los pasiegos. Algunos autores llegaron incluso a realizar críticas extremadamente duras expresando su incontenida xenofobia, como es el caso de Antolín Esperón, quien afirma que “los pasiegos forman una nación a parte como los judíos”; que optan por vivir en la miseria antes que servir a otra persona y que el que no es contrabandista te engaña comerciando con cualquier cosa.

Actualmente estas teorías, junto con las que hablan del origen suevo o visigodo, están totalmente descartadas ya que no existe ningún estudio científico que lo apoye de manera sólida.

Según Mª del Carmen González Echegaray, los reyes “desde tiempo inmemorial”, escogían sus monteros reales (guardia personal de cámara), de entre las gentes del territorio de las tres Villas y Espinosa de los Monteros (de ahí el topónimo), por la “limpieza de sangre” que les caracterizaba, condición que se cuidó en extremo. De hecho, cita una carta de la Reina Juana, La Loca, con fecha en 1.511, en la que, alarmada por el paso de judíos conversos por la villa de Espinosa y Montes de Pas, les concedía seis meses para salir de ellas y les prohibía el paso por estas villas, para evitar el cruce de sangre de estos con unos lugareños racialmente “Puros”. El tránsito de judíos por estas tierras, parece que se debía a la venta de mercancías, disculpa que les valió para saltarse la disposición real e instalarse en ellas durante varios días, por lo que diez años después, Carlos I volvió a prohibir la permanencia de judíos y cristianos nuevos "…en la villa de Espinosa más de un día natural, aunque sea so color de vender mercancías".
Estas afirmaciones se ven, por una parte, respaldadas por diversa documentación llegada hasta nuestros días. Los Monteros Reales eran los vasallos encargados de la guardia personal de la familia del monarca, por lo que es normal que se cuidase su lealtad. Desde que Alfonso VIII hizo indagaciones del origen de sus monteros en el siglo XIII, aparecen numerosas cédulas reales que atestiguan la elección de estas gentes naturales de “Espinosa o sus tres feligresías” (villas pasiegas), para el desempeño de dicha custodia.
…que sean hidalgos de solar conocido de padre y abuelo, y que así desde que los dichos oficios se fundaron hasta agora, han estado siempre y están en personas honradas hijosdalgo y que han vivido y tratándose honradamente como tales, sin haber tenido ni servido oficios viles, ni baxos, ni tener raza de moros, judíos ni confesos, ni penitenciados por el Santo Oficio por cosas tocantes a la Fe, ni hallan (sic) sido traidores a la Corona Real”.

Por otra parte, cabe la posibilidad de que entre estas cédulas y las de Juana La Loca y Carlos I, los movimientos migratorios de distintas razas pudieran haber contaminado estos lugares, como bien atestiguan los temores que llevan a generar las prohibiciones reales que hemos visto.
González Echegaray, apoyándose en su hidalguía, les atribuye unos antepasados netamente cántabros, aseveración, por otra parte, un tanto arriesgada, ya que estos no eran los únicos que respondían a esa clase de nobleza, pero la afirmación rebatía las opiniones románticas de quienes les hacían descender de los judíos, moros o de otras culturas exóticas. Ratificando lo anterior, los datos toponímicos (hidrónimos celtas como Miera o Trueba), y antroponímicos (nombres indoeuropeos y celtas como Abascal, Lavín o Cobo), parece que nada tienen que ver con las razas semitas.
La medicina también ha querido contribuir a esta investigación en el origen de los pobladores de estas montañas, analizando la relación de los grupos sanguíneos de estos, con los más característicos de las razas orientales y semitas en España, los B y AB. El resultado: estos grupos no son habituales entre los pasiegos.

A nuestro modo de ver, es muy difícil definir con exactitud el origen, y más incluso, cuando hablamos de una época en la que la población peninsular era una amalgama de razas, fruto de la connivencia de las distintas culturas que se habían fraguado en las dos Castillas. Los pobladores que de Oña vinieron a los Montes de Pas bien pudieran ser gentes libres compuestos por judíos, moros y cristianos, y hasta no tener pruebas fidedignas que revelen el verdadero origen de los pasiegos, cualquier hipótesis podría resultar tan válida como la opuesta, por lo que a todas las calificaremos respetuosamente de gratuitas.

   
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