En ocasiones la actividad ganadera
no era suficiente para mantener a la familia. Hubo varias crisis
que arrastraron al pasiego a realizar actividades, como el CONTRABANDO.
Fue durante el reinado de Felipe IV y debido a los aranceles de
algunas mercancías, casi 50% más bajos en las provincias
Vascongadas que en el resto de puertos del norte, lo que provocó
que fueran muchos los pasiegos que se iniciaran en el contrabando,
animándolos a llenar sus cuévanos de distintas mercancías,
sobre todo tabaco. En ocasiones se dirigían a Bayona en
busca de telas, después regresaban con sus cuévanos
cargados, en una marcha que podía durar varios días,
sin apenas dormir y en la que ponían en peligro sus vidas,
huyendo de las autoridades por peligrosos caminos sin más
armas que sus inseparables palancus.
Los productos que traían solían distribuirlos por
los diferentes mercados de Santander y la provincia. Sobre la
habilidad de los pasiegos y su picaresca existen diferentes leyendas
como la que recoge G. Morales en su libro La Montaña, en
la que narra esta historia:
“Por confidentes averiguaron los Carabineros que una
pasiega, con el cuévano a la espalda, cargado de contrabando,
venía no sé de dónde ni por dónde;
la dieron el alto, y la sorprendieron, la registraron, y en efecto,
el cuévano venía atiborrado de tabaco.
A Santander se encaminaron con la pasiega y el cuerpo del delito.
Gimiendo y llorando iba ella alegre como unas castañuelas
ellos, camino real adelante. Ya se hallaban en el trayecto que
media entre Heras y San Salvador, cuando de una vereda que descendía
de Cabarga, salió otra pasiega, también con el cuévano
a la espalda.
- ¡Jesús! ¡Cristiano! ¡Alabado sea Dios!
Juanuca; pero ¿dónde te llevan esos?
- Cosas de la vida, Mariuca; uno que me encontró en Alisas
y me dio el encargo de llevar este cuévano a Santander,
y yo que era ignorante de todo, por ganarme una peseta, admití
el encargo, y no sé por qué me castigan ahora.
- Ande para adelante, y pocas palabras.
- Como yo voy también a Santander, no creo que pecado haya
en que vayamos juntas.
- Vayan juntas, pero andando y callando.
Y así siguieron el camino.
Poco antes de llegar a Muriedas, pidieron descanso las pasiegas,
descanso que también convenía a los Carabineros.
Sentáronse ellas sobre un bardal. Ellos tiraron de petaca
y librillo para liar unos cigarros monumentales, como de quien
no gasta dinero en el tabaco.
Al llegar a Muriedas, las pasiegas, dulcemente, se despidieron.
- Que te vaiga bien, que no te apures, que Dios está para
proteger a los pobres, etcétera...
Y camino de Torrelavega se fue una, según dijo, siguiendo
los demás para Santander.
Llegaron a la ciudad, presentaron los Carabineros la pasiega a
sus jefes y dieron parte de aprehensión, y la pasiega,
hasta entonces más silenciosa que una carpa, empezó
a vociferar:
- Mintiras y más que mintiras que quieren decir estos,
por tenerme tirria y mal querer, porque pidieron dineros venturao
de mi hombre, y no tenerlos para poderlos emprestar, porque compramos
un patuco y...
- Pero, mi teniente, si trae el cuévano atestado de tabaco
de contrabando.
- Mintira, mintira, que solo traigo quesucos y manteca y un pedazo
de borona, y cuatro nueces y dos manzanas, y otro pedazo de bonito
envuelto en papel de periódico.
Y tiraron del saco que todo lo tapaba y, en efecto, tenía
dentro del cuévano los quesucos, la manteca, las nueces,
las manzanas y el pedazo de bonito; ítem, más, los
calzones de un hombre, bastante deteriorados, y que llevaba para
buscar en Santander unos pedazos de paño para remendarlos.
El tabaco ya comprenderán los lectores que, dando un rodeo
entró en Santander a lomos de la otra pasiega, sin la menor
dificultad”.
Otras actividades que desempeñaron con gran éxito
son la de AGUALOJEROS u Oficiales de Loja y la de BARQUILLEROS.
Los primeros se dedicaron a traficar con una bebida refrescante
compuesta de agua, miel o azúcar y alguna sustancia para
aromatizarla. Mientras que en invierno comerciaban con licores
baratos. Los barquilleros eran vendedores ambulantes que solían
ir por todas las festividades más concurridas, tanto dentro
de la propia provincia como de Castilla, para hacer mejor venta.
Llevaban a cuestas estos comerciantes las barquilleras,
que no era más que una caja cilíndrica y metálica
cuya tapa tiene un círculo con distintos números,
cercado por clavillos verticales. Una rueda giratoria con una
trabilla que tropieza en clavillos y marca un número cuando
termina el impulso que le ha dado el barquillero o el comprador.
La suma total de los números que haya señalado el
cliente, 3 tiradas, marca los barquillos que le pertenecen, siempre
que no se juegue al número mayor o menor entre ambos, no
solía caer en los números mayores. Este tipo de
comercio era realizado habitualmente por jóvenes aunque
también se daba el caso de hombres, mujeres e incluso matrimonios
que intentaban hacer fortuna para poder establecerse.
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