| Desde sus comienzos,
el proyecto de construir una línea férrea que consiguiese
unir Santander con el Mediterráneo, ha sido un hervidero
de continuos inconvenientes que la mayoría de las veces
han resultado ser más burocráticos que físicos
o económicos: se han realizado varios planes, se han modificado
las rutas, el tipo de vía, el trayecto; las locomotoras
en un principio iban a ser eléctricas, pero finalmente
se optó por automotores térmicos; se han paralizado
varias veces las obras debido a dos guerras mundiales y una civil,
al impago de subvenciones por parte del Estado, a crisis económicas
dentro de las compañías constructoras, a nuevas
especificaciones del trayecto… Un si fin de obstáculos
que han convertido una ambiciosa obra de ingeniería, símbolo
de modernidad, en la mayor polémica ferroviaria de la historia
de nuestro país y, según opinión de muchos,
una vuelta de espalda al esfuerzo de otras generaciones. Es lamentable
que una de las obras de infraestructura española más
documentada y estudiada de nuestra historia, tras haber trascurrido
más de un siglo, se encuentre aún sin consumarse.
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