| La Compañía
quería hacer emisión de Obligaciones sobre la garantía
que iba percibir a la conclusión de las obras para así
no tener que adelantar el dinero, pero chocó con la emisión
de una Deuda Ferroviaria por parte del Estado, que era mucho más
atractiva de cara a los ahorradores españoles. Al final
se consiguió que en vez del disfrute del interés
de garantía por tramo abierto, la Compañía
recibiese de manos del estado una serie de subvenciones. El proyecto
se reformó en 1927, con una reducción de un 22%
en el presupuesto y de 50 años en la concesión (plazo
de amortización de la Deuda Ferroviaria con la que iba
a pagar el Estado). El Estado fue sumamente beneficiado con este
nuevo pacto económico, anteriormente debía pagar
17 millones al año (la garantía de 100 años
a un interés del 5% de los 343 millones del presupuesto
de la obra), mientras que ahora, con el descuento, debía
pagar unos 14 millones al año. El Estado se había
ahorrado unos 1.000 millones de pesetas.
Pero las subvenciones a menudo quedarían en suspenso durante
largo tiempo, provocando un deterioro en las relaciones entre
el Gobierno y la Compañía, así como una grave
crisis económica dentro de ésta última. Por
otra parte, el hecho de que la Compañía se crease
con capital y técnicos extranjeros, hizo que fuera muy
débil con respecto a los ingentes capitales de grandes
bancos encargados de financiar las líneas ferroviarias
en el siglo anterior. El Estado abusó hasta el límite
de que en el mismo Decreto-Ley que creaba Deuda Ferroviaria del
Estado, se reservaba el derecho de estudiar un nuevo trazado alternativo
a El Astillero-Ontaneda (artículo 3º), algo lógico
a tener en cuenta las distintas anchuras de vía, pero nada
rentable para la compañía ferroviaria, la cual debería
afrontar los nuevos gastos. Así mismo, una cláusula
especificaba que el nuevo trayecto debía definirse como
mucho en dos años, pues si no se llevaría a cabo
la primera alternativa. Pero este punto no se respetó pues
el Ministerio de Obras Públicas se demoró trece
años y medio en presentar su decisión, concretamente
fue en Marzo de 1941. El Santander-Mediterráneo ya no pasaría
por Ontaneda.
Todo se agravó con la inestable situación política
que vivió nuestro país en estos años, la
Guerra Civil devaluó la peseta y, en este contexto, la
compañía inglesa entró en una profunda crisis.
Finalmente la solución llegó en 1941, cuando los
ferrocarriles españoles de vía ancha se nacionalizaron
pasando a depender de la recién creada RENFE.
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